29 de junio 2004 VI Premio Julián Besteiro de las Artes y las Letras


 

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Madrid, 29 de Junio de 2004, Salón de Actos de la Escuela Julián Besteiro-UGT.Cándido Méndez (Secretario General de UGT) entrega a José Luis Sampedro el VI Premio Julián Besteiro de las Artes y las Letras :
 

           Intervención de José Luis Sampedro : 

“Señor Embajador de Chile, estimado Cándido, señor Director de la Escuela, queridos amigos, compañeras, compañeros, amigos todos:

Si puedo hablar y me sostengo es porque me apoyo en lo único que me puede apoyar que es mi humildad. De todos los nombres que se han citado aquí yo soy el más humilde y eso es lo que me permite no derrumbarme porque más abajo que la humildad no hay nada y esa es mi pequeña seguridad para poder hablaros.

Oír mi nombre asociado con el de Neruda de esa manera durante tanto rato, ver mi pequeña historia personal ensalzada tan cariñosamente, verme llamado generoso por personas que han tenido conmigo la generosidad tremenda de ofrecerme este premio es algo que yo no podría sostener si no fuese pensando en que recibir es una forma de dar. Y yo recibiendo este premio os doy todo lo que soy, poco, mucho, lo que sea.

No voy a pronunciar muchas palabras pero sí quisiera deciros cosas que ni siquiera los que me dais el premio y los que habéis organizado esto lo sabéis, hasta qué punto coinciden esta tarde una serie de signos misteriosos de la vida, hermosos para mí, significativos y profundos que mueven fibras mías incluso muy antiguas.

Empezando por el principio, desde el momento en que se lee el acta, resulta que para mí es una felicidad conocer a Andrés Rábago, al Roto o a Ops, una persona a la que admiro de verdad que me parece un pensador político extraordinario y cuyos dibujos yo he utilizado en clase en la universidad porque eran profundísimos de pensamiento y felicísimos de expresión. Podría contaros dibujos de él pero no tenemos tiempo. Le admiro profundísimamente y soy feliz de conocerle y darle un abrazo luego cuando pueda.

Luego, la fuerza que tiene para mí no ya solamente el que suene mi nombre al lado del altísimo nombre de Pablo Neruda, sino que eso y la presencia del señor Embajador traiga a mi memoria mi estancia en Chile hace ya treinta años cuando la tercera UNCTAD que me proporcionó momentos felicísimos de mi vida, momentos entrañables, lecciones de dignidad asombrosas. Yo he estado en un salón donde el presidente Allende le estaba leyendo la cartilla al Embajador americano, le estaba dando un discurso cuyo texto conservo, explicándole cómo había sido la explotación del cobre chileno por los americanos, y dándole cuentas de cómo aquello había sido un expolio, en público y delante de todos los países que representaban las Naciones Unidas en la tercera UNCTAD. Y todo lo que pudo responder el Embajador americano fue simplemente que aquello se había hecho según el derecho internacional, que era una muy pobre respuesta.

Y yo vi esos ejemplos de dignidad. Y recuerdo una representación de teatro de la Cantata de Santa María de Iquique, de Quilapayún, si no recuerdo mal, que era estremecedora. Y recuerdo un desfile por las calles donde la dignidad chilena se manifestaba de otra manera porque se expresaba en una charanga de gentes humildísimas, “rotos” creo que dicen ustedes allá, y en medio de la charanga que musicalmente un esteta hubiera rechazado pero un ser humano sensible no podía rechazar sino abrazar entrañablemente. En medio de las trompetas y los trombones y los saxofones aparecía un chiquillo de trece o catorce años tocando un violín. ¡Qué hacía un violín en medio de los cobres y de los metales! Pues aquello era dignísimo porque mientras ellos desfilaban por la calle arriba en los balcones otras gentes tocaban las cacerolas.

He vivido momentos entrañables en Chile, me extendería pero no puedo hacerlo. Sin embargo, aparte ya de la altísima significación que para un escritor tiene ver su nombre, aunque sea simplemente por circunstancias cronológicas de centenarios y demás, al lado del de Neruda, recordar estas cosas, recordar ese ejemplo de aquel país entrañable, es algo que también añade potencia emocional al momento que estoy viviendo. Son cosas realmente extraordinarias.

Luego, viene el hecho de que esto me lo concedan en esta Escuela, que me lo entregue Cándido Méndez en nombre de tantas personas, que me lo den trabajadores porque yo, ya se ha dicho, he conocido a Besteiro; no diré que le he tratado, yo tenía 17 años, 16, 18, pero le he visto en actos públicos. Y para mí Besteiro es alguien verdaderamente, no diré santificable porque en eso no creo, sino humanamente de una extraordinaria estatura. Es un ejemplo de ética asombroso. Y si Neruda es para mí, entre otras muchas cosas, la gran fuerza lírica de los primeros poemas de “Canto General”, es, sobre todo, un cantor de gesta como no se encuentra ya en la poesía moderna, por la fuerza épica del poeta al cantar en esos primeros versos los ríos de América y los pájaros de América con auténtica grandeza.

En otro aspecto, la figura de un Besteiro también es grandeza humana. Yo recuerdo su porte, era un hombre alto, un poco inclinado, un poco desgarbado, con un sombrero de fieltro como llevaba un señor entonces, con una cinta alrededor, la cara un poco caballuna, un poco alargada, unos ojos bondadosos, unos dientes grandes y un porte tranquilo.

El año 1917, el de la Huelga General, que es un año importante, Besteiro fue a la cárcel por primera vez. Muchos años después, como todos sabemos, moriría en la cárcel. Antes, su figura se agiganta en los días finales cuando estuvo aquí en Madrid resistiendo, haciendo frente, organizando las cosas, preparando todo, soportando y aceptando la aparente ignominia, porque a veces la gran dignidad está en el oprimido y en el prisionero y no en los guardianes que le persiguen.

Acaba de citar Cándido esa frase de la bota. Uno no puede evitar a veces que le pisen con una bota en el cuello. Pero, al menos, hombre, no chupes la bota. Pues la dignidad también era importantísima, era definitiva en Besteiro.

Y para no ser extremadamente solemne, no lo soy, lo que estoy es conmovido, pero no solemne. Voy a contar una anécdota de Besteiro que se contó entonces en aquel tiempo. Como ya dije, me gusta que este Premio me lo den los trabajadores pues yo viví en aquel país que desapareció como la Atlántida, donde Besteiro fue el Presidente de las Cortes Constituyentes republicanas, el primer Presidente de aquellas Cortes, que hicieron una Constitución que empezaba diciendo: “España es una República de trabajadores de todas clases”. ¡Y hay que ver lo que se mofaban las derechas de aquella frase, como si ser trabajador fuese algo denigrante! Pues sí, yo he sido uno de los trabajadores de todas clases de acuerdo con aquella Constitución.

Y Besteiro, como Presidente de aquellas Cortes, una vez tuvo una frase de humor, porque nada humano le era ajeno a aquel catedrático de universidad entrañable. Y es que en aquellas Cortes Republicanas en mayo del año 31 hacía un calor tremendo ya y no había aire acondicionado en el Congreso. Entonces, un día, un diputado dijo: “Señor Presidente ¿podemos quitarnos la chaqueta?”. En aquel tiempo, lo de la chaqueta era casi sagrado y mucho más en el Congreso de los Diputados y Besteiro dijo: “Desde luego señor diputado, pero cada uno la suya”.

Besteiro es para mí un referente, y para cualquier hombre y mujer sensible, un referente moral como los que son tan necesarios en este tiempo. Digo en este tiempo, porque en esta sociedad que proclama que el tiempo es oro, se quiere reducir la vida al dinero . Y no es verdad que el oro sea la vida; la vida es muchísimas más cosas como sabe la poesía de Neruda. Pero esta sociedad cree que sólo el dinero es lo que vale, y, con esa idea metida en la cabeza, ha denigrado de tal modo los valores humanos que ha acabado con algotan noble como la dignidad.

Y ya voy a acabar con otra anécdota sobre la dignidad que deberíamos tener todos presente, y que he contado ayer en la Universidad. En aquellos tiempos también, en unos momentos de elecciones en un pueblo de Andalucía, (esto lo cuenta Salvador de Madariaga en el prólogo de uno de sus libros) unos jornaleros sin tierra estaban en la plaza esperando por la mañana temprano que algún capataz de un cortijo viniera a contratarles para unos días. Entonces apareció un cortijero que venía a comprar votos para las elecciones, y a uno de aquellos pobres, pobrísimos, le dio dos duros, que entonces eran una fortuna, por su voto para las elecciones; naturalmente para que votara al cacique de derechas correspondiente. Aquel jornalero hambriento cogió los dos duros, se los tiró al suelo al otro y le dijo esta frase impresionante, esta frase propia de un trabajador, esta frase dignísima que es la siguiente: “En mi hambre mando yo”.

Y estas son las cosas que me hacen, entre otras, alegrarme y estar aquí, aunque no estoy tan seguro de merecer el Premio como lo han estado los generosísimos componentes del Jurado.
No sé decir más, no me sale más. Muchas gracias a todos.”

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